El Eclipse en tierras ancestrales

Nos encomendamos a todos los dioses; a los de ellos, los locales y a los de nosotros, pero nada funcionó. Semanas enteras con veintitantos grados, sol y calor, y el único día, repito, el único día gris con nubes, lluvia y viento era este. Para no creerlo, pero allí estábamos. Ni siquiera fue un día entero con lluvia, pero sí las suficientes horas como para tapar el sol con un dedo, literalmente.

Habíamos viajado harto. Con todo el pronóstico en contra, pero convencidos de que ese no iba a ser el día en que los meteorólogos le achuntaran al clima, salimos de Concepción como a las 6 de la mañana del domingo 13 de diciembre de 2020, con toda la esperanza de cubrir el eclipse total de sol del día siguiente, cuya umbra o zona de mayor oscuridad iba a pasar por buena parte de la Región de la Araucanía.

Vista del Lago Budi, en los alrededores de Puerto Domínguez

No lo sabíamos, pero íbamos a recorrer casi 500 kilómetros para llegar al Lago Budi, para sumergirnos en medio de las comunidades mapuches y apreciar el eclipse entre rucas, y quizá acompañar la foto con alguna que otra Araucaria renegada cerca de la costa.

No sabíamos que tendríamos que viajar tanto, hasta llegar a Antiquina, pasado Cañete. Allí, fuimos conminados por un grupo de locales, amablemente, hay que decirlo, a tomar otro camino para llegar a la Araucanía, porque la ruta costera por Tirua estaba cortada. La vuelta, incluía bordear el Lago Lanalhue, pasar por Contulmo, Purén, Lumaco, Traiguén, Galvarino, Cholchol, y Nueva Imperial para desembocar en Carahue; una pequeña vuelta.

Vista de Puerto Domínguez
Costanera de Puerto Domínguez con sus clásicas esculturas de madera

En Carahue, controles, papeles, pasaportes sanitarios y luz verde para llegar a Puerto Domínguez, ya en la ribera del gran Lago Budi, antesala para bucear en toda la magia del territorio mapuche lafkenche. Si te gusta y has recorrido Chiloé, esto es parecido; infinidad de islas, penínsulas, bahías, desembocaduras, campos, vacas, ovejas y cerditos, pero aquí todo envuelto en un desperdigado lago, ofrecen uno de los más variados paisajes de Chile.

Paisajes típicos entre los recovecos del Lago Budi
Lago Budi y territorio Comunidad Mapuche Llaguepulli

No fue tarea ardua encontrar nuestro lugar de campamento, fue amor a primera vista. Un camping con una bella planicie verde, no solo se transformó en dormitorio, sino que en laboratorio para fotos nocturnas, eso hasta que nos dimos cuenta que esta vez los meteorólogos, sí habían acertado. Las temidas nubes cubrieron la Vía Láctea exactamente a la hora indicada en el pronóstico y eso vaticinaba un escenario de lo peor para el otro día. No sólo despertamos con un día nublado, sino que con lluvia y viento…cueck.

El interior de una ruca mapuche, en la comunidad Llaguepulli

El desánimo cundió, cómo podía ser posible, nos preguntábamos. Era como si los economistas por fin le hubieran acertado al PIB o a la cifra de crecimiento, pero era real. Echamos mano al último recurso que nos quedaba, subir al vehículo y buscar alguna locación donde hubiera gente sufriendo lo mismo que nosotros, es decir, sentir estar tan cerca del eclipse para no verlo. Deambulamos un rato y en una planicie baja al lado del lago encontramos una de esas actividades planeadas con mucha antelación, antes del pronóstico climático.

Ese era nuestro lugar. El contexto era perfecto; naturaleza, animalitos, visitantes y mapuches unidos allí esperando el milagro, todos armados con esos lentes especiales, cámaras fotográficas, cocaví y teleobjetivos. Sólo faltaba el milagro.

¿Y me van a creer que el milagro comenzó a suceder? De un momento a otro, las nubes se disgregaron lo justo y necesario para dejar ver entre medio el sol comiéndose a la luna.

El corazón comenzó a saltar más rápido, el cambio de lentes se hizo más frenético para captar todas las aristas del fenómeno allá arriba, pero también abajo.

Y a lo que habíamos ido, empezó a ocurrir. La tensión en el aire se cortaba con un cuchillo. Y en esos minutos el velo negro o umbra, se hizo presente. El reloj marcaba las 13 horas, y la luz ambiente era como de las 10 de la noche. Alguien había apagado la luz.

Necesitábamos dos minutos, simples dos minutos para que las nubes nos regalaran la oportunidad de fotografiar el premio mayor; la vista de la corona solar revoloteando detrás del círculo dibujado por la luna.

Sin embargo, la temperatura bajo tanto, que también atrajo más nubes y también nuevamente lluvia. Los dos minutos cúlmines, se confundieron con el impetuoso cielo gris. Nuestro eclipse total se había ido para siempre.

Distintas imágenes del eclipse que pudimos captar, a pesar del cielo nublado en la orilla del Lago Budi

Pese a todo, el descartar el cielo, nos hizo estar pendientes de lo que pasaba en nuestros pies. Y allí también había tanta magia como en lo alto. El respeto por un fenómeno astronómico de tanta envergadura fue total. Todas las creencias humanas arrodilladas ante la muestra del verdadero poder que todo lo rige, el universo. Las rogativas mapuches hicieron de esos momentos algo conmovedor y maravilloso. A nuestro lado, personas se abrazaban, otros miraban al cielo, otros permanecían sentados asimilando lo vivido

La luz volvió, cuando las últimas ramas de canelo utilizadas en las invocaciones, se quemaban en la fogata. Las ovejas y vacas, que se habían ido a acostar cuando les apagaron la luz, volvieron a lo suyo. Y todos nosotros, con el pecho un poquito más inflado que cuando llegamos, comprendimos que nada es casualidad; nos habían tapado el sol, para mostrarnos que la magia está entre nosotros mismos.





En un eclipse se funde el sol con la luna en un solo círculo. Dicen que como es arriba es abajo, y lo vivido en las tierras de la Araucanía demuestran aquello. El pueblo mapuche, que vive estos acontecimientos en la intimidad y con recogimiento, por considerar que trae consigo malos augurios, abrió de todas formas las puertas de su cultura.

Y allí, al medio estábamos nosotros. Cuando volvió la luz, entendimos que lo realmente importante no había sido los dos minutos cúlmines que se habían difuminado entre las nubes. Lo verdaderamente trascendental había sido que en dos minutos, todos nos habíamos fundido en uno; los locales, los mapuches, nosotros los visitantes, y la umbra de un acontecimiento astronómico, que nos recordó que un periodo de oscuridad sirve para revitalizar la luz. Al final, todo había resultado mejor de como lo imaginamos.

Por la tarde, ya todo había vuelto a la normalidad, con el sol como protagonista de un bello atardecer en los laberintos del Lago Budi








Texto y Fotografía

Alejandro Zoñez Venegas

Periodista y Fotógrafo