La micro de los calcetines verdes

No entendíamos que le causaba tanta gracia; nos había dicho que el sabor era medio extraño, pero que un café le causara tanta risa, nos llamó la atención. Suponíamos que era por lo agotador de la jornada, y porque un café siempre te devuelve el «alma al cuerpo».

Vista general del Estuario de Reloncaví, en la Región de Los Lagos

Antes de eso, habíamos tenido una jornada agotadora, por decir lo menos. Estábamos en la Región de Los Lagos, paisajes maravillosos en la ruta que bordea la ribera sur del Estuario de Reloncaví, por donde el mar penetra hasta los mismos pies de la cordillera.

Luego de una caminata a «deo’ extensa desde Puelo hasta Caleta Puelche, donde esta ruta que viene desde el interior se une con la Carretera Austral, nos juntamos con Dani y Cote. Ellas tuvieron más suerte haciendo «deo’ y llegaron antes.

Sector Caleta Puelche, donde se une la ruta interior que viene por el Estuario de Reloncaví con la Carretera Austral.

En Caleta Puelche, había más probabilidades de que alguien nos llevara más al sur, quizá hasta Hornopiren, en la comuna de Hualaihue.

Cuando nos encontramos, ellas comentaron que un lugareño vendedor de café tenía un espacio en una “micro” donde podríamos pasar la noche.

Nos entusiasmó la idea, ya que sonaba práctico pasar la noche en una micro, distanciados del frío y el húmedo suelo del sur, y… ¡En una micro! Estábamos cansados, teníamos hambre y pronto llegaría la noche, así que esa fue la mejor opción.

Instalarnos dentro del microbús tomó un par de horas. En ese momento tuvimos que preparar el espacio, sacar las cosas de la mochila y buscar todo lo necesario dentro del clóset móvil para armar una carpa y dormir

Instalarse y marcharse son parte del momento tras bambalinas del mochileo, lo que casi no aparece en las fotos porque en ese momento no hay muchas ganas de sacarse una.

Ya había menos luz y dentro de la micro encontramos una zarzamora ganando espacio justo en el puesto del conductor de la máquina. Armamos el interior de la carpa sin cubierta, ya que no era necesario; la misma micro nos protegía del frío y la humedad de la noche. Casi no quedaba luz y el lugareño que nos facilitó el lugar salió desde su casa y nos regaló un termo con unos 2 litros de café soluble para pasar el frío.

Lo anterior fue el puntapié para iniciar todo un proceso; ponernos ropa cómoda, cocinar tallarines rojos, siempre salvadores y rápidos, comerlos, disfrutar de esa sensación de la guatita llena y terminar el agotador día con un trozo de la ración de chocolate diario,  que auto convertíamos en premio.

Entonces, Cote le ofreció un café a Dani, que aceptó el vaso-termo con tapa. Bebió y lo ofreció de nuevo. Carlos apañó con el café, mientras seguían las más burdas y cotidianas conversaciones, que se convirtieron en reflexiones compartidas. 

Es que los días en este viaje se tornaron intensamente nuestros. Podíamos ir donde se nos diera la gana, sin prisa, marcando el paso y saboreando cada momento…eso era lo bonito.

 Después de nuestra reflexión, Dani, agradecida del líquido calentito, tomó los últimos sorbos del café del vaso-termo y allí repentinamente comenzó a reír más de lo habitual. Queríamos reír con ella, pero no entendíamos lo que estaba sucediendo.

Ella intentó explicarnos, pero únicamente atinó a mostrarnos el vaso-termo del café sin tapa. Miramos dentro del vaso, con ayuda de la linterna frontal y nos percatamos de unos calcetines verdeamarillos en forma de bolita unida que se encontraban en el fondo del vaso negro.

Al ver los calcetines bañados en restos de café, entendimos que su sabor extraño se debía a los calcetines de Cote, guardados dentro del vaso-termo quizá hacía cuanto tiempo. La idea de guardar ropa en un vaso o termo es perfecta para ahorrar espacio, siempre y cuando te acuerdes de sacarlos a tiempo del ingenioso almacenamiento.


Texto y Fotografía

Francisca Pedreros Flores

Ingeniera Ambiental